Cualquier persona que se acercara por primera vez al magnífico texto bíblico del hijo pródigo, sin situarlo en el contexto propio del que nace (la crítica a los fariseos), podría decir, y con toda la razón, que aunque muestra a un excelente padre con una gran dosis de perdón y generosidad, también nos habla de un comportamiento insólito y hasta con una pizca de injusticia frente a su hijo mayor. Una sensación parecida deja también la parábola de los trabajadores de la viña, en la que los que trabajaron de sol a sol reciben el mismo salario que aquéllos que apenas se esforzaron en las dos horas más livianas del día.
Desde nuestra mentalidad moderna también podríamos afirmar que perdonar al hijo menor sin más, quizá no sea lo mejor para él. Tiene que reparar aquello que ha derrochado y tiene que pedir perdón por las ofensas causadas. De otro modo el hijo reproduciría su comportamiento y flaco favor haríamos a un hijo nuestro si después de comportarse así nosotros actuáramos como el padre lo hizo.
Muchos interrogantes ante un Dios que tantas veces se muestra desconcertante para el creyente. Es evidente que la actitud del Padre es admirable, poco tenemos que añadir a su postura. Pero, ¿qué pasa con el mayor? El hermano mayor es bueno, los fariseos también lo eran: cumplían con lo que la Torá prescribía y, además, animaban a otros a que cumplieran con la ley de Moisés. ¿Es posible que a veces nos olvidemos de los "buenos"?, ¿es posible que los que hacen las cosas bien, por eso de no hacer ruido, queden en la sombra, sin el reconocimiento que merecen? Todos los educadores, ya sean padres o maestros, pueden identificar esta situación como cotidiana: los buenos no hacen ruido, a los buenos no se les ve, los que con su esfuerzo hacen las cosas bien no son, en tantas ocasiones, tenidos en cuenta...los "malos", tantas veces, usurpan el tiempo y la dedicación que han de ser repartidos para todos.
Quizá una mala gestión del reconocimiento pueda volver al bueno malo, porque el hijo mayor era bueno hasta el momento en el que no se siente visto por el Padre. Que nos perdone Dios, pues seguro que malinterpretamos, como tantas veces, pero al hijo mayor le hubiera bastado con una palmadita en la espalda de vez en cuando. Probablemente, así no se habría vuelto tan malo y hubiese sacado toda la misericordia que con seguridad también llevaba dentro.