

Domingo 24 de Junio
Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo.
Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.
A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: "No, debe llamarse Juan".
Ellos le decían: "No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre". Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran.
Este pidió una pizarra y escribió: "Su nombre es Juan". Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.
Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: "¿Qué llegará a ser este niño?".
Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.
Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.
En la fiesta del nacimiento del bautista, recordamos como los padres de Juan reciben la noticia de su nacimiento, por un lado hay incredulidad de parte de Zacarías (san Agustín en su sermón 293 dice: pareciera que Juan es hijo de la incredulidad), por otro lado Isabel se siente dichosa de concebir a Juan en la vejez y cree en el favor de Dios.
Juan con su nacimiento marca el fin del antiguo testamento, y es precursor, anuncia que ahora llega el Mesías, que anunciará el Reino de los Cielos, pero para poder escuchar a Jesús con esa Buena Noticia es necesario antes haberse convertido, saliendo de la esclavitud del pecado y la idolatría que imposibilitan contemplar la gracia de Dios.
Juan está lleno del Espíritu Santo y desde esa experiencia de la presencia del Espíritu, es como con valentía y coraje predica la conversión de los pecadores. Es el hombre que se llena de la humildad, de la pobreza, para no sentirse atado a las cosas del mundo y aspirar así a las cosas del cielo. No es el hombre que se engríe ante la petición del Mesías sino que reconoce su condición de siervo, pero que recuerda que ante todo debe hacer la voluntad del Padre, y obedece ante la petición de Jesús de ser bautizado por él.
La figura de Juan debe exhortarnos hoy, a estar dispuestos para servir y trabajar con sencillez, ya que también nosotros hemos recibido a través de nuestro bautismo ese mismo Espíritu Santo que recibió Juan en aquella visita de María a su prima Isabel. Esto nos debe llenar de valentía para salir y proclamar la Buena Nueva del Evangelio y hacernos constructores y artesanos del Reino junto a Dios.
¿Qué tan dispuesto estoy a ser constructor/a del reino de los Cielos?
